Felicidad

Capítulo 1


Felicidad

¿Por qué la felicidad dura tan poco?

No pocas veces nos hemos preguntado las razones del por qué las emociones
negativas suelen durar más que las positivas. Algunos estudios al respecto ()
nos hablan de que la explicación puede ir de la mano de la teoría de la
formación de los hábitos en los humanos. La rumiación (un hábito muy común)
puede incrementar la formación de la durabilidad de la emoción negativa. La
lógica costumbre de repetir en nuestro cerebro los eventos con valencia
negativa hace que estos se vayan reforzando continuamente hasta que se
convierten, en no pocas ocasiones, en hábito. Mientras tanto, los eventos
positivos se experimentan en el trascurso de su manifestación y, levemente, se
recuerdan en su futuro no llegando a reforzarse en nuestro bagaje anímico.

Esta evidencia tiene una serie de repercusiones en la formación de trastornos, en
principio de categoría subclínica, pero, también en la formación de un grado de
depresión que puede llegar a ser de difícil manejo. Esto es, la autoestima tan
influyente en los humanos, puede dejar mella si esta se devalúa constantemente
y convertirse es un arma de doble filo.

En pocas palabras, nos regocijamos más a menudo con las cosas que nos han sucedido
y que creemos aversivas que en las situaciones más agradables. Por esa razón
las emociones negativas se refuerzan en mayor medida y, consecuentemente, duran
más que las positivas.

El reto del mindfulness en este sentido es estabilizar el sesgo atencional y
procurar un equilibrio emocional, entrenando un desarrollo atencional hacia la
experiencia positiva (la simple toma de atención de nuestro propio silencio,
por ejemplo).

¿El secreto de la felicidad?

No existe ninguna "formula" para ser felices, no tenemos una técnica específica
para que la felicidad nos dure, de hecho, el ser humano no está "diseñado" para
ser feliz eternamente. Entonces, ¿cómo podemos desarrollar esta clásica de la
búsqueda de la felicidad?

Para poder entender esta compleja estructura tenemos que dirigirnos hacia estudios
() que hablan de que lo que hace feliz a una persona no es el mantenerse dentro
de esta felicidad sino que es el mantenerse en una estabilidad emocional. Para
ello vamos a explicar con un ejemplo la teoría de esa estabilidad. Cuando nos
hablan de un evento estresante y desafortunado (por ejemplo un accidente de una
persona cercana), la persona que tiende al sesgo atencional escucha a la
persona que relata el hecho y retiene todo el hecho negativo sin tomar atención
al global del relato, acto seguido lo intensifica con los que llamamos
catastrofización y generalización, es decir, proyección del mismo evento a
todas las personas que son relevantes para ella con el aumento constante de los
pensamientos en este sentido. La persona que nos presenta este sesgo
atencional, tiende a quedarse en su memoria con el global (positivo y negativo)
del relato y objetivizar y relativizar la situación. Este último es el que
podemos ejemplificar como feliz, aunque, por supuesto no esté todo el tiempo
con un estado de felicidad continua.

La única diferencia es el sesgo atencional, el cual procura a la persona "infeliz"
que la situación negativa perdure en el tiempo y no deje que se recupere (el
sistema basal está alterado constantemente) ofreciendo retroalimentación
ruminativa constante y desplazando el autorefuerzo positivo para la autoestima.

El mindfulness también puede ser un camino eficaz para la disminución de la
"durabilidad" del evento negativo estresante y para el equilibrio emocional,
esto es, la rápida recuperación del apego emocional del evento estresante.

Los correlatos neurales que están relacionados con este apego experiencial son los
que se trabajan en el mindfulness. El camino entre la amígdala y el córtex
Prefrontal Ventromedial (vía corteza cingulada anterior) se va reforzando a
medida que practicamos un ejercicio específico integrado y este refuerza que el
estar feliz no dependa de un momento específico y de una experiencia en
particular sino que se confiera un estable estado emocional continuo.

En esto casos un ejemplo siempre es el mejor aliado para la comprensión de una
idea teórica. Un paciente que trabajé hace años vino a consulta con la
preocupación de una fobia que había desarrollado a los eventos cotidianos
sociales. Ya sabemos que las fobias son un problema cuando interfieren en el
correcto devenir de los aspectos sustanciales de la persona, pues bien, en el
caso de mi paciente le interfería en su trabajo ya que era (y es) un enfermera
de los servicios de urgencias. Hace poco
nos volvimos a ver en un encuentro casual donde mi curiosidad
profesional no pudo más que pedirle como
le iba y si seguía practicando los ejercicios que había aprendido en el
programa de mindfulness. Me contestó con contundencia (y bajo mi asombro) que
no realizaba los ejercicios ya que no los necesitaba. Siguió la explicación con
la siguiente lógica a su respuesta: no los necesitaba debido a que no había
vuelto a tener una experiencia de fobia social. Ella sabía que las estrategias
que había utilizado le ayudaron a superarla y que, en cualquier momento que
sintiera ansiedad hacia alguna situación, podría volver a utilizarlas. Estaba
empoderada.

José Luis-Reig